Respecto a lo económico y lo social en España, quizás deberíamos comenzar por desarrollar la creatividad, la innovación y la competitividad: una secuencia virtuosa. El periodo que se abría a mediados de la pasada década contemplaba la emergencia de las nuevas tecnologías y de una transformación de la escena económica haciéndola más global, más permeable a la movilidad, estrechamente ligada al conocimiento como principal factor determinante de la prosperidad de las naciones. Aunque el libro recoge once textos escritos por primeras figuras de la cultura, la educación, el arte y la economía, yo sólo extraigo aquí algunos apuntes de dos de ellos, seleccionados personalmente.
En primer lugar, Emilio Ontiveros define competitividad de una economía como la expresión de su productividad, que refleja el crecimiento potencial que podría conseguir, el nivel de bienestar, en definitiva. Las formas de capital más importantes serían las habilidades de las personas, las tecnologías disponibles y la capacidad de las sociedades para fomentar la asignación de talentos a la asunción de riesgos, a la creación de empresas y a la adopción de innovaciones. Define también creatividad e innovación como la capacidad de explotar de forma eficiente todas las formas de conocimiento. Según Richard Florida, las tres “t” que sintetizan la capacidad creativa de las naciones son: talento, tecnología y tolerancia. Antes eran los recursos naturales y el capital; ahora es la creatividad humana. Comenta que la economía española era grande, pero que estaba rezagada, no muy competitiva, no estando suficientemente presente en ese componente esencial que es el conocimiento, con una baja dotación de capital tecnológico y humano, decepcionante asignación de recursos de I+D, y las excesivas trabas administrativas para la creación de empresas. Entiende Ontiveros que los actores privados hubieran optado por caminos más rentables cortoplacistas, pero opina que la explicación de la insuficiencia de las actuaciones de las autoridades es menos comprensible.
En la misma obra, Victor Pérez-Díaz, Catedrático de Sociología de la UCM, comenta que en las sociedades avanzadas hablamos de creatividad, innovación y competición, pero que es dudoso que muchas veces tengamos un entendimiento razonable de lo que decimos. En realidad, lo que se llama creatividad suele ser la adaptación a las circunstancias; la innovación tiene que basarse en la tradición y puede tener más de imitación que de innovación propiamente dicha, y la competición requiere dosis importantes de cooperación…Deberíamos de tener en cuenta que el pleno desarrollo de estos tres valores requiere de ciertas condiciones culturales y sociales, que solemos desatender, orientándose la atención a hacia los temas políticos o económicos. Estos necesarios desarrollos sociales implicarán el de capacidades entrenadas en el cultivo tanto del “know how”, los conocimientos tácitos, como del “know what”, los conocimientos formales y explícitos, porque ambos serán necesarios.
Y esto requerirá procesos educativos que desarrollen en las personas su capacidad de observación, de atención a los detalles y su veracidad, la capacidad de seleccionar problemas relevantes, a enfocarse en lo esencial, ejercitando la capacidad de decisión, de asumir riesgos y de buscar el test de la realidad. Estas virtudes intelectuales vendrán de la mano de las virtudes morales: las gentes en cuestión deben tener convicciones propias y el derecho a competir lealmente y de dar lo mejor de sí mismos. Deberían estar -añade Víctor- dispuestos a intercambiar sus ideas continuamente sin temor al robo de la propiedad intelectual: hubo una época en la que a esto se llamaba grandeza de ánimo, ecuanimidad, benevolencia, incluso caridad o simplemente justicia.
En el caso español, a la hora de analizar el problema de la investigación y el desarrollo, la discusión se ha orientado casi exclusivamente hacia las cuestiones de voluntad política y dotación económica. Pero sin duda el problema es más complicado, a juzgar por lo que sugieren algunos hechos relevantes: (1) escasísimo número de patentes españolas en Estados Unidos, Europa y Japón, (2) no hay universidades españolas entre las 150 primeras del mundo, y (3) la dotación de libros de las Universidades españolas es menor que el de dos Universidades norteamericanas. Estos hechos reflejan décadas de escasa atención, ambición y entendimiento: cuestión de corazón y cabeza. La inercia y el descuido conciernen tanto a las élites como a la ciudadanía en su conjunto, con las responsabilidades compartidas en todas ellas. No podemos imaginar por tanto que esto se resolverá con una discusión política, un capítulo presupuestario, una ley, un nombramiento de ministros y consejeros, un discurso solemne o una campaña de prensa. Se trata, para Víctor Pérez-Díaz, de un problema de condiciones culturales y sociales, cuyas causas están enraizadas en un largo pasado anterior y cuyos efectos se prolongan y se prolongarán en el largo plazo hacia adelante.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada