domingo 14 de junio de 2009

GTC - Medición de temperaturas a lo largo de la historia

El método por el que conocemos la evolución de las temperaturas a lo largo de la historia de la Tierra está relacionado con el porcentaje de O16 y O18 contenido en los caparazones de carbonato cálcico de los foraminíferos. Éstos son animales microscópicos, pertenecientes al zooplancton. Sus conchas de caliza (CO3Ca) permiten estudiar las variaciones isotópicas del oxígeno y del carbono marino, y ofrecen claves sobre las temperaturas del agua, el volumen de los hielos e, incluso, el funcionamiento de las corrientes marinas. Además, las variaciones en el hábitat marino de sus diferentes especies son también indicativas de la evolución climática.

Así mismo, el análisis de la concentración de algunos elementos químicos presentes en pequeñas cantidades en sus conchas es utilizado en la investigación paleoceanográfica y paleoclimática. La racionalidad de esta medida se basa en que en periodos fríos hay más O18 que en los periodos templados, ya que éste se evapora con más dificultad.

Pues bien, conocemos que en el Cuaternario (aunque de hecho comenzó ya en el Plioceno), que es cuando empieza a haber hielo, hay una gran volatilidad en las mediciones de temperatura. Apunta el profesor Uriarte que la última época glacial tuvo lugar hace 11.600 años y que los ciclos de formación de hielos se han atribuido científicamente a los Ciclos de Milankovich, que son tres: el primero, debido a la excentricidad de la órbita terrestre que cambia en periodos de 100.000 años; el segundo, porque la Tierra varía el ángulo de su eje de inclinación entre 21,50º y 24,50º cada 40.000 años; por último, la precisión de los equinoccios también varía cíclicamente, y es que hace 11.000 años, el mes en el que el Sol estaba más cerca de nuestro planeta era junio, y no enero como lo es ahora.

Gracias a la superposición de estos tres ciclos, y para cada zona geográfica, se puede calcular la cantidad de radiación solar que ésta recibe a lo largo del tiempo, medida en vatios por metro cuadrado. Para que tengamos un orden de magnitud, cita que las variaciones de radiación de unas épocas a otras oscilan en el entorno de los 100 vatios por metro cuadrado. Y su tesis, de que la humanidad no es responsable del cambio climático, se basa en que todo el incremento de producción de CO2 que se ha producido durante los últimos cien años, sólo ha generado un aumento de la radiación de menos de 2 vatios por metro cuadrado. En todo caso, la concentración de CO2 ha pasado en este mismo periodo de 0,031% al 0,038% por lo que considera que no tiene mucho sentido atribuir a este elemento el calentamiento global, cuando “sólo” es responsable de la que califica como reacción química más importante de nuestra ciencia, la fotosíntesis (CO2 + H2O è CH2O + O2), causa de que nuestro planeta cada vez esté más verde…

Aunque quizás no tan conocido, hay otro fenómeno quizás más importante, que es la posible repetición del conocido como “Younger Dryas”. Hace unos 12.900 años, tras el calentamiento del período Bölling-Allerod, el clima europeo recayó en un período de nuevo muy frío, el Younger Dryas (La palabra Dryas se deriva de la Dryas Octopelata, planta de pálidas flores amarillas, típica de la tundra, que hizo de nuevo su aparición en las tierras meridionales de Europa, en donde desaparecieron los árboles y fueron sustituidos otra vez por una vegetación muy pobre). Las temperaturas de invierno en Europa durante éste volvieron a ser muy bajas. Numerosos estudios polínicos, sedimentarios y de otro tipo así lo señalan. Este intervalo frío, el Younger Dryas, cuyo abrupto origen causa aún cierta sorpresa, acabó también súbitamente hace 11.600 años, cuando se produjo la subida térmica definitiva que dio entrada en el hemisferio norte al período pre-boreal y, con él, al inter-glacial actual: el Holoceno.

Algo parecido podría ocurrir, piensan algunos, en un futuro próximo, cuando debido a un efecto secundario del efecto invernadero, aumenten las precipitaciones en el Atlántico Norte, se dulcifique el agua, se ralentice la producción de NADW, se pare la corriente del Golfo, y se enfríe Europa… El volumen de la masa de agua profunda que se produce en el Mar de Labrador y en los Mares Nórdicos, que suele ser denominada con el acrónimo NADW (North Atlantic Deep Water, agua profunda del Atlántico Norte) es enorme. Su caudal, o ritmo de producción, es de unos 15 Sv (Ganachaud, 2000). Dentro de la NADW puede distinguirse una NADW inferior, más profunda, originada esencialmente en los Mares Nórdicos e inicialmente muy fría, y otra superior, en aguas intermedias, proveniente del Mar de Labrador y sur de Groenlandia, algo más cálida (Orsi, 2001).